Por Melanie Beard
El Mediterráneo es una idea tanto como un territorio. Una suma de costas, acentos y memorias donde el aceite de oliva, el fuego y la sal construyen un lenguaje común que se expresa de mil formas. Es una cocina que parece simple a primera vista, pero cuya profundidad se revela en los matices, en la calidad del producto y en la precisión del gesto. En Alesia, esa esencia se traduce en una experiencia que fluye con naturalidad, elegancia y una sensibilidad contemporánea.
Ubicado al sur de la Ciudad de México, Alesia recibe con una atmósfera envolvente: luz cálida, una energía que evoluciona conforme avanza la noche y un ritmo que invita a permanecer. El espacio tiene algo de refugio, de lugar donde la conversación encuentra su tiempo y la mesa se convierte en el centro de todo. Cada detalle parece pensado para acompañar, para construir una experiencia que se despliega sin prisa.
La propuesta culinaria encuentra su eje en el producto, tratado con respeto y precisión. Pero hay un elemento que transforma la experiencia en algo más íntimo: la interacción. Algunos platillos se terminan frente al comensal, convirtiendo el servicio en un gesto casi coreográfico, donde cada ingrediente se integra con intención y ritmo.
Los mejillones al vino blanco abren el recorrido con una frescura envolvente. El aroma del ajo y las hierbas se eleva suavem
ente, mientras la salsa —ligera, fragante— se convierte en hilo conductor. Las papas a la francesa, crujientes, absorben ese fondo marino con naturalidad, creando un equilibrio que se siente inmediato y reconfortante.
El tartar de Wagyu Cross introduce un momento distinto. Preparado en mesa, el proceso adquiere protagonismo: mostaza Dijon, mayonesa de ajo, jugo de res, yema, aceite de oliva, pepino encurtido, alcaparras… cada elemento se incorpora con precisión hasta alcanzar una textura sedosa, profunda. El toque final de Cognac aporta una dimensión inesperada, elevando el conjunto sin alterar su equilibrio. Es un plato que se construye frente a los ojos, pero que se comprende en el paladar.
Los arroces continúan la narrativa desde dos perspectivas. El caldoso a la portuguesa, generoso en mariscos y con una base de tomate intensa, transmite calidez, una sensación casi doméstica que conecta con la memoria. El meloso con New York a las brasas, en cambio, se mueve hacia una expresión más estructurada: la carne, jugosa y precisa, se integra con ejotes, aceite de trufa y queso de oveja en una composición donde fuerza y elegancia conviven.
El final llega con una tarta vasca de queso de cabra que encuentra un equilibrio sutil entre la cremosidad y el carácter. Su textura delicada y su ligera acidez permanecen como un eco suave, cerrando la experiencia con una sensación de armonía.





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