Ladrillos IBERO, un signo que identifica a nuestra Universidad ·

Ladrillos IBERO, un signo que identifica a nuestra Universidad ·

Ladrillos IBERO, un signo que identifica a nuestra Universidad

· El arquitecto Francisco Serrano platica cómo se concibió la construcción de nuestro campus universitario en la zona de Santa Fe

En marzo de 1979, un sismo provocó el derrumbe de uno de los edificios de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, entonces ubicada en Cerro de las Torres, lo que a la postre derivó en que el campus fuera mudado a Santa Fe. Si bien en el 79 la comunidad universitaria proclamaba “La escuela no son los edificios, somos nosotros”, la Ibero encontró en su nueva sede (inaugurada en 1988) lo que los jesuitas y muchas personas más considerarían uno de los signos que identifican a nuestra Universidad: sus ladrillos.

Francisco Serrano Cacho, integrante de la cuarta generación de una familia de arquitectos, formó parte desde su inicio, en 1984, del proyecto de construcción del campus en Santa Fe (y sus columnatas de tabique aparente), y él mismo relata cómo se edificó éste.

El arquitecto Serrano cuenta que el Padre Enrique Portilla, entonces Rector de la Ibero (1977–1981), y los miembros de Fomento de Investigación y Cultura Superior (FICSAC), patronato económico y de desarrollo de la Ibero, se abocaron a buscar un terreno, el cual consiguieron en Santa Fe gracias a una donación del Gobierno Federal, con el aval del Departamento del Distrito Federal, y por intermediación del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.

Con su nueva localización, la Ibero apoyaría el desarrollo del poniente de la ciudad, en lo que eran las minas de Santa Fe (que abastecían de arena y grava al Distrito Federal), en una época en que se estaban cerrando los dos basureros ubicados en esta zona. El desarrollo de Santa Fe era un proyecto encabezado por el ingeniero Melchor Rodríguez Caballero, con quien el arquitecto Serrano vio el deslinde del terreno e incluso corrigió el trazo original para tener un terreno sin irregularidades, el que estaba sesenta metros debajo del nivel del Camino Real de Santa Fe “y así se quedó durante cinco o seis años, hasta que hacia 1990 deciden bajar la calle y hacen Vasco de Quiroga”.

¿Quién lo invitó a participar en el proyecto arquitectónico de la Ibero Ciudad de México?

El arquitecto Rafael Mijares, a quien habían comisionado para que hiciera el proyecto y que fue director de Arquitectura de la Ibero; tuvo la gentileza de invitarme a colaborar. Cuando terminamos el primer proyecto, éste era demasiado grande para lo que se quería de acuerdo con un programa que nos habían dado, y el Rector de entonces, el Padre Ernesto Domínguez, hizo una convocatoria a dos despachos, uno era el de Rafael Mijares y mío; y volvimos a ser seleccionados. Cuando íbamos a empezar el proyecto en Santa Fe, Rafael Mijares decide retirarse de la profesión, y yo me quedé con el total de la responsabilidad; por eso mucha gente cree que, originalmente, a mí me invitó la Universidad a hacer su campus.

Aunque Rafael Mijares (1924–2015) y Pedro Ramírez Vázquez (1919–2013) eran socios, este último no pudo sumarse al proyecto del campus de la Ibero, pues se lo impedía el hecho de ser secretario de Asentamientos Humanos y Obras Públicas (1976–1982), pero sí pudo colaborar con el arquitecto Serrano en calidad de asesor. Éste refiere: “A Pedro lo conocí desde que éramos jóvenes; mi relación con él venía porque en la UNAM fue alumno de mi papá, Francisco J. Serrano. Tiempo después, Pedro me invitó a participar en el encuentro de jóvenes arquitectos de la Olimpiada Cultura México 68, donde representé a nuestro país en este evento al que acudieron personas de 120 naciones”.

A partir de 1984, año en que se aprueba el proyecto del campus de Santa Fe, y hasta ahora, el arquitecto Francisco Serrano ha tenido “la suerte de trabajar” para seis Rectores, para quienes ha hecho diferentes obras dentro de la Ibero, proyectos que ha realizado a partir de 1998–1999 junto con su socia la arquitecta Susana García Fuertes; salvo el edificio del patio redondo, que Serrano hizo solo, y el edificio del Departamento de Arquitectura, en el que colaboró Augusto F. Álvarez, hijo del primer director de Arquitectura de la Ibero, Augusto H. Álvarez, “mi maestro”.

¿Supuso un reto levantar el campus en un Santa Fe entonces casi deshabitado?

En todos los sentidos. Una parte de la opinión pública decía que era un error traer acá a la Ibero, que era muy insegura la zona y que “Los Panchitos”, una pandilla muy nombrada en aquella época (de los años 80, en los rumbos de Santa Fe, Observatorio y Tacubaya), se iban a comer vivas a las niñas que estudiaran aquí. Además, en los primeros años de la Ibero en Santa Fe había mal olor cuando llovía, por los residuos de los tiraderos que no estaban bien compactados. Hoy todo esto ya es historia.

El arquitecto Serrano recuerda que, en ese entonces, también se decía que la carretera nunca iba a pasar a un lado de la calle Prolongación Paseo de la Reforma, que por avatares de la ciudad hoy tiene a su costado la autopista. Rememora: “Todavía no se terminaban las obras de construcción pero ya se daban clases en la Ibero, y cuando los estudiantes no encontraban lugar para sus autos dentro del campus les gustaba estacionarse en los carriles centrales de la autopista, vialidad que aún no estaba abierta al tránsito”.

¿Cuándo y por qué nació su gusto por las columnatas de tabique aparente, una de las características de su estilo arquitectónico, presente en la Ibero?

Tanto Rafael Mijares, que tenía mucha obra hecha (el Museo de Antropología, el Estadio Azteca, etcétera), y un servidor, lo que hacíamos era casi siempre de concreto aparente, concreto cincelado. Cuando Rafael y yo nos preguntamos qué material podíamos usar para que fuera la imagen de la Ibero, recordé que con mi papá aprendí a usar el tabique de una manera distinta, en lo que se llama muro enhuacalado, el que se ve actualmente en la Ibero. Decidimos optar por este muro enhuacalado, por ser grueso, con menos piezas de tabique, que queda hueco para aislar el clima y meter ahí los castillos y las trabes (que por eso no se ven), es muy duro y no requiere mantenimiento.

Hicimos que el tabique, al que llamamos “tabique UIA”, fuera la cimbra del concreto, algo que entonces era novedoso, porque se levanta el muro, se arma la columna y cuando se cuela, lo que detiene el concreto para que no se salga es el tabique. Al trabajar todo junto ya no se caen los tabiques. Ésta es una de las características originales de la construcción de la Ibero en relación con otros proyectos arquitectónicos. De hecho esto lo han celebrado mucho en el mundo, lo digo sin falsa modestia. Los primeros premios internacionales que recibí curiosamente fueron por cuatro obras el mismo año, y una de ellas es el campus de la Ibero (Premio Especial del Consejo Regional de Plovdiv y Medalla de Plata, en la Quinta Bienal Mundial de Arquitectura, INTERARCH 89, en Sofía, Bulgaria).

¿Cuál es, desde el punto de vista arquitectónico, el lugar más representativo de la Ibero?

Lo que dicen los estudiantes, de lo que más se acuerdan, es del lugar común: la biblioteca, las cafeterías, los pasillos, los auditorios y sobre todo la escalinata y la pérgola. La estructura departamental de la Ibero nos dio la oportunidad de hacer una edificación que no fuera de escuelas separadas, sino una sola edificación, y por eso el sello particular de la Ibero es el gran patio de su explanada central, que es el sitio común, el lugar de reunión que propicia que haya comunidad, brinda sentido de identidad y hace que la Universidad sea universal.

¿Qué idea inspiró el diseño del “nuevo” edificio ampliado de la Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, por el cual ganó la Medalla de Plata en la XI Bienal de Arquitectura Mexicana?

La biblioteca desde siempre ha sido una parte fundamental de la Ibero. En los años ochenta la capacidad de su acervo era de 300 mil libros, y se me pidió aumentarla, lo que hicimos con una excavación en lo que hoy es el edificio “T”. Durante la ampliación decidimos quitar muchas malas costumbres de las bibliotecas, como el no contar con sanitarios, lugares para hablar y para tomar café; que ahora tenemos gracias a la “complicidad” de la Ibero. Además, construimos la mezzanine; hicimos el paso hacia la cafetería, los pisos administrativos de la biblioteca (-1, -2, 2, 3 y 4) y la Galería Andrea Pozzo. Entre los Rectores con quienes ha colaborado el arquitecto Serrano se encuentran los Padres Enrique González Torres y José Morales Orozco, quienes en su momento le encargaron los proyectos de los campus del Tecnológico Universitario del Valle de Chalco y de la Prepa Ibero, respectivamente.

¿Por qué quiso que la arquitectura de éstos fuera similar a la de la Ibero?

Sobre todo porque esa es una imagen que, de alguna manera, buscamos para los jesuitas. Cuando me encargaron esos trabajos, las dos veces los Rectores me dijeron: “Pero sí me lo vas a hacer de tabique, ¿no?”; porque para ellos el tabique es ya una identidad de la Ibero, y por eso sólo lo hemos usado para las obras de la Ibero.

Pedro Rendón

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